¿Qué hace un psicólogo clínico? 

 

El psicólogo clínico trata de ayudar a resolver un problema psicológico que está experimentando una persona.

Tener un problema psicológico no significa tener una enfermedad mental.

Es cierto que hay personas que padecen graves problemas que los psicólogos denominamos “trastornos psicológicos” pero la mayoría que acude a una consulta de psicología son personas sanas mentalmente que pueden necesitar un consejo o una guía en un momento determinado o en una época de su vida.

En mi consulta procuro evitar “patologizar” determinadas experiencias vitales, por eso decimos que tratamos de resolver problemas no patologías ni enfermedades mentales.

 

 

¿Cómo trabajo los problemas psicológicos?

 

Los psicólogos clínicos de orientación cognitivo-conductual trabajamos tres áreas fundamentales de la persona: las conductas, los pensamientos y las emociones. Todas ellas se interrelacionan entre sí y conforman un todo que es nuestra personalidad.

Las conductas o comportamientos es aquello que los demás pueden ver de nosotros. Lo que hacemos, acciones que pueden observarse, registrarse y medirse. Por ejemplo, una conducta frecuente en algunas personas que sufre un estado depresivo es quedarse en la cama durante el día. Una conducta típica de la persona que sufre una fobia es evitar aquello que teme, por ejemplo coger un ascensor.

Los sentimientos y los síntomas físicos asociados a un problema psicológico pertenecen al área de las emociones. Existen diferentes tipos de emociones, algunas nos proporcionan bienestar como la alegría o la relajación y otras nos hacen sufrir como la tristeza o la angustia. Lo que sentimos no lo pueden ver los demás aunque a veces se deje entrever a través de nuestras conductas. Los síntomas físicos asociados a problemas psicológicos suponen una activación de nuestro organismo ante una posible amenaza. Por eso, cuando estamos angustiados, nuestro corazón late más rápido, experimentamos tensión muscular o respiramos aceleradamente. Desgraciadamente muchas personas experimentan estos síntomas ante situaciones que no suponen objetivamente un riesgo y sin embargo no lo pueden evitar.

Los pensamientos son quizá el área más importante, la que controla generalmente a las otras dos y al mismo tiempo la más difícil de cambiar. Nuestra forma de interpretar la realidad condiciona lo que hacemos (conductas) y lo que sentimos (emociones). Si, por ejemplo, tenemos una imagen muy negativa de nosotros mismos (baja autoestima), nos conduciremos de forma insegura ante la gente y tendremos sentimientos de ansiedad o inseguridad en situaciones sociales. Muchas personas llevan mucho tiempo interpretando su realidad de forma negativa y han adquirido un “mal hábito” de pensamiento que hay que intentar modificar.

Normalmente es más fácil empezar tratando de modificar las conductas problemáticas aunque no vamos a descuidar las otras áreas. Cualquier modificación en alguna de las áreas afecta positivamente a las otra dos. Así, si empezamos a enfrentarnos a una situación que tememos con cierto éxito, nuestro pensamiento sobre la situación será más positivo y nos sentiremos más seguros y decididos.

La terapia cognitivo conductual cuenta con numerosas técnicas contrastadas mediante estudios rigurosos.

Tanto la planificación de objetivos como la forma de llevar a cabo las pautas y técnicas en la terapia se van conformando mano a mano con el paciente. Cada persona tiene una biografía única y la terapia debe adaptarse a sus circunstancias vitales particulares. Lo que sirve para una persona puede no servir para otra. Por ello las decisiones que se toman en la consulta se hacen siempre de forma consensuada, huyendo de planteamientos en los que el terapeuta, poseedor de la sabiduría y la verdad, dirige y el paciente obedece. Así, el paciente participa activamente en su proceso de cambio.

 

 

La empatía como base de la relación terapéutica

 

Por encima de técnicas concretas para aliviar los problemas psicológicos es fundamental la actitud de empatía y calidez del terapeuta. Mi primer objetivo es que la persona que acude a mi consulta se sienta escuchada, comprendida y apoyada, evitando los prejuicios y las actitudes paternalistas. La terapia es un viaje en el que terapeuta y cliente vamos a formar un equipo con una meta común.

  

 


  

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